Cuatro años no es nada para una vida, pero es un quinto de la mía. En cuatro años, entre conversaciones vacías fuimos cosechando grietas, de esas que no reparan ni las 200 horas juntos en carretera. Y ya no es domingo, porque somos así, vamos un paso atrás en el tiempo. Tenemos las mismas manías y mismo desprecio a las injusticias. Hoy las diferencias nos unen y a pesar de los huecos y el tiempo perdido, puedo decir "te quiero, papá".
